Me toma solo dos estaciones escribir un poema para un par de desconocidos. Me toma solo dos estaciones ver el reflejo de algo que me parece divino.
Entro en el vagón, con la energía renovada, con nuevos bríos para enfrentar la tragicomedia que representa mi vida, cada vez que el telón de terciopelo rojo es desplazado. Soy la única actuando, riendo y a veces llorando, girando, bailando, tiritando, cantando, soplando.
Y ahí está él, de mirada penetrante, me examina apenas tomo un espacio en el vagón. Yo lo miro, nos miramos por un instante y alguno de los dos cede ante esta breve batalla, no pude saber quién lo hizo primero.
Finjo estar interesada en la proyección del cristal de la ventana, pero discretamente vuelvo a mirarle, ahora él está interesado en la joven que descansa dormida en sus piernas, mientras la sostiene por sus brazos, serenamente, tocando la punta de su cabello con sus pensamientos.
Me pregunto qué estará especulando acerca de ella, obviamente hay una relación romántica; me lo dice su contacto.
Él parece de la clase fría, que no suele expresar lo que siente, aunque esto le esté cortando la respiración, y ella, como la bella durmiente, parece soñar con algo extraordinario.
No puedo evitar pensar que ella es como un gorrión dormitando en sus manos, apenas un puñado de plumas, con su diminuto corazón latiendo aceleradamente, pronto la despertará, pero él, sin embargo, parece temer a que sus ojos no se abran nunca más.
Luego aquella sensación de vacío me agolpa, un abismo se abre entre el vagón y las vías, caigo precipitadamente, pero no hay miedo, sólo amargura. De vuelta en el suelo del tren, noto la humedad en mis ojos.
Un segundo es suficiente para que me dé cuenta de lo miserable que soy en ese momento.
Una escena así, tan cotidiana, me parece inalcanzable; como si los dioses se empeñaran en alejar de mí la tragedia que es salir a representar una obra de romance.
He amado en silencio, me han herido a plena luz del día, con cobardía, ni siquiera cobijada bajo el manto de la oscuridad, donde me sentiría segura. Me he visto atraída a la luz, como una ingenua polilla se ve enceguecida ante la luz artificial del bombillo.
Bajo esta visión poética de dos amantes abrazados en el vagón del metro, devano miles de palabras para ordenarlas en un poema que sea capaz de conmoverlos, si tan sólo pudieran leerlo.
Besando su cuello delicadamente, imagino que le susurra sus más profundos pensamientos, mientras ella yace aún dormida. Perversamente enredo mis fantasías, preguntándome si estos amantes se han encontrado íntimamente, sí ella ha experimentado un orgasmo entre los brazos de él, y si él, ha saciado su deseo imperioso entre las piernas de ella; peligrosamente cerca, respirando su aliento, intercambiando caricias, compartiendo besos.
El amor siempre será joven para aquellos que saben alimentarlo.
Nos acercamos a la última estación, me encuentro frenética, dando las últimas pinceladas a mi obra, como el pintor que retoca su cuadro apresuradamente. El tren se detiene, una vos femenina anuncia monótonamente una serie de instrucciones hacia los pasajeros.
La bella durmiente abre los ojos, él sonríe. Ella besa su mejilla, se hunden en un éxtasis de romance, de eternidad efímera.
Se abren las puertas del vagón, miro hacia atrás sin detenerme. Doy un paso afuera del tren, lanzo una hoja invisible con aquellos pensamientos que escribí con tinta hecha del mismo material. La hoja cae a los pies de la pareja, ellos la pisan, no pueden verla.
Me revisto de oscuridad una vez más, vuelvo a ser lóbrega, triste, derruida; pero encantada por las visiones de la vida, de todo su volumen, de sus colores y desgarramientos.
Para un poeta, este es su alimento, ciertamente, aunque no puedan aspirar a tocarlo, su sola visión los sustenta.
Y así es como me toma dos estaciones construir un par de versos para dos perfectos desconocidos.